Escritor Julio Olaciregui.
Escritor Julio Olaciregui.
Foto
Uninorte

Share:

Notas luego de releer ‘Vestido de bestia’

El escritor barranquillero Julio Olaciregui plasmó en esta obra su ciudad.

Por: Clinton Ramírez

Vestido de bestia’ (1980), de Julio Olaciregui, es un enjuiciamiento poético de una generación empeñada en hacer todas las revoluciones: política, sexual, cultural y psicodélica.  

Las notas de Hormechea, personaje de la obra, aciertan en su diagnóstico, pues reconocen, junto a su fracaso personal, el de una época obsesionada con conciliar teoría y práctica y con "cumplir todas las condiciones" antes de actuar, mientras el abismo entre decir y hacer crecía sin cesar.  

'Vestido de bestia', de Julio Olaciregui.

De interés:  Abogado de Maduro afirmó que el Tesoro de EE.UU. impide que Venezuela pague su defensa

Así pensaban y actuaban muchos intelectuales de izquierda de los sesenta y setenta, e incluso de los ochenta avanzados, muy atenidos a las instrucciones de los manuales, a las señas de las jerarquías, invisibles y remotas.  

Invitaban al monte, a empuñar el fusil, a abjurar de la democracia, pero repartían papeles, como reza un apunte de Hormechea, echando mano de una ironía extemporánea que en parte lo reivindica. 

Ahora bien, agotadas las secuencias de la cinta en la que actuó —no siempre dentro del cuadro—, es cómodo juzgarlo. 

De interés:  Denuncian desaparición de la candidata a la Cámara, Ana Guetio, en el Cauca

En eso el texto es ecuánime. “Juzgar a Hormechea en estos momentos es fácil. Está muerto. Bien muerto”, subraya el narrador básico, en otra de las lecciones de la ópera prima de Olaciregui.  

Con todo, eso no desautoriza el balance: el propio protagonista, pese a sus indecisiones, era consciente de la necesidad de dar ese paso.  

Hormechea jamás escribió la obra prometida y, por el contrario, agotó sus mejores fuerzas en los grandes escenarios de Medellín o Bogotá, entre las rutinas del oficio (libretista en una emisora), las veleidades sociales, el licor, las drogas y los amores fugaces.  

Tras más de veinte años fuera de Barranquilla, su ciudad natal, se sentirá aún más perdido, más forastero que en otras ciudades del país.  

Lea aquí: Tecnoglass reporta ingresos récord en todo el 2025 y el cuarto trimestre

Quien regresa a la casa paterna, a las calles de arena, es un hombre con las manos vacías, desengañado y sin propósitos, que intentará, en un último pretexto, dar cuerpo a un libro del que solo dejará notas bien intencionadas y la confirmación de sus miedos y derrotas.  

Morirá sin saber incluso dónde lo dejó el mundo, como escribió en algún otro papel encontrado en su cuarto.     

Vestido de bestia’ es un libro de composición fragmentaria, abierto a los géneros e inconcluso, porque así fue la vida del protagonista y autor de muchos de sus apuntes: nunca pareció concluir nada y su vida se truncó a los 49 años, en la cama de un hospital público de Barranquilla.

No encuentro mejor escena final para coronar un fracaso: solo, aturdido, en la triste compañía de una hermana menor. Queda, eso sí, un personaje temeroso, irrealizado, hecho a la medida de una novela poco convencional. 

De interés:  Denuncian desaparición de la candidata a la Cámara, Ana Guetio, en el Cauca

Esa condición indecisa del personaje y su correlato en la estructura fragmentaria y poética vuelven encantador Vestido de bestia. 

 El afán de reconstruir, sin clausura, con escasas dosis de relato, la vida dispersa del protagonista, junto con el tono poético -a veces excesivo-, le otorga notable vigencia a este libro, aparentemente inofensivo, que sigue siendo mi obra preferida de Julio. 

Es también el reconocimiento de un aprendizaje y un guiño sagaz al cine, al periodismo, a la música y a la literatura, pasiones con las que el joven autor viste a Hormechea.  

Los homenajes a los maestros son notorios y deliberados. Un libro como Vestido de bestia, abierto en sus formas y sugerente en sus materias, quizá dé la razón a quienes ven en él una novela para armar.  

Lea aquí:  Camilo Torres destacó la importancia del campesinado y la mujer rural en un mitin en Sucre

Es, sobre todo, un bello volumen de minificciones, epifanías, notas sueltas, poemas en prosa, reflexiones y guiones en miniatura: un cóctel en estado puro y testimonio del vagabundeo creativo inicial de Julio Olaciregui. 

La obra tiene, además, el acierto de saber enjuiciarse, como explícitamente anota Hormechea (¿su secreto autor?), en el fragmento ‘Me iré despacio’: “La siento como un utensilio, un pensamiento sin fragancia al que hay que sacar a la calle para que no se muera”.  

Vestido de bestia’ no solo sobrevivió, sino que sigue fresco y vigente en calles y puestos de libros usados, en Medellin, Bogotá o Barranquilla, a la espera de los lectores para quienes Julio lo pensó y escribió.  

Hormechea fracasó por un exceso de escrúpulos, por miedo quizá; Olaciregui, en cambio, logró expresarse con la conciencia plena de quien supera las limitaciones, los mitos y vacíos que toda generación arrastra consigo como vistoso vagón de cola.    

Más de cuatro décadas después de mi primera lectura -realizada en los inicios de mis estudios de Economía en la Universidad del Atlántico, en los años ochenta-, el texto aún me cuenta entre sus fieles mirones, en la entrañable edición de Colcultura.  

De interés:  Unisimón y el MAMB impulsan proyecto de inclusión y accesibilidad cultural

Vuelvo a revisar sus páginas gracias a mi amigo Jorge Campo, quien me hizo una copia de un ejemplar que perteneció al escritor Ramón Bacca (1938-2021).  

Ramón lo había donado a la Biblioteca Comfamiliar de Barranquilla, de cuyos estantes fue sustraído y vendido en un puesto de libros viejos del centro de la ciudad, donde Jorge supo comprarlo por dos mil pesos.  

Ha sido una relectura muy grata, llena de perplejidades, que confirma que es posible fundir “la tiránica línea que separa la vida de la literatura”. Extrañas son las formas en que los libros regresan a sus lectores.

Más sobre este tema: